Una fábula de ciencia y política

En tiempos del imperio romano, la vida civil estaba dividida entre las facciones de los Verdes y los Azules. Los Azules y los Verdes se mataban en duelos, emboscadas, combates y revueltas. Procopio dejó escrito de las facciones en guerra: “Crece en ellos una hostilidad sin causa contra sus congéneres, que no cesa ni desaparece, no respetando ni matrimonio ni parentesco, ni lazos de amistad, incluso aunque los que apoyaban a diferentes colores pudieran ser hermanos o tuvieran algún otro parentesco.” 1 Edward Gibbon escribió: “El apoyo de una de las facciones se volvió necesario para cualquier candidato a un puesto civil o eclesiástico.” 2

¿Quienes eran los Azules y los Verdes? Fans deportivos. Los seguidores de los equipos verde y azul de las carreras de carros.

Imagínate una sociedad futura que huye a una vasta red de cavernas y cierra las entradas. No vamos a especificar si huyen de la guerra, la peste o la radiación; supongamos que los primeros habitantes del subsuelo consiguen hacer crecer comida, encuentran agua, reciclan aire, crean luz, y sobreviven, y que sus descendientes prosperan y acaban formando ciudades. Del mundo en la superficie solo han quedado leyendas escritas en resto de papeles, y en una de ellas se describe el cielo, un enorme espacio abierto sobre un suelo sin límites. El cielo es cerúleo y tiene extraños objetos flotantes como enormes copos de algodón. Pero el significado de la palabra “cerúleo” es controvertido; algunos dicen que se refiere al color azul y otros dicen que se refiere al verde.

En los primeros días de la sociedad subterránea, los Azules y los Verdes se enfrentaban abiertamente con violencia pero, hoy, se mantiene una tregua. Una tregua nacida de una creciente sensación de sinsentido. Las costumbres y la cultura han cambiado, una enorme y próspera clase media que ha crecido rodeada de un gobierno y fueras policiales que mantenían la ley y que ya no está acostumbrada a la violencia. Los colegios enseñan el tema con algo de perspectiva histórica. Cuánto tiempo duro la batalla entre Verdes y Azules, cuántos murieron y lo poco que cambio como resultado. Una nueva filosofía que dice que las personas son personas, independientemente de si son Verdes o Azules, se ha hecho un hueco en las mentes de la población.

El conflicto no ha desaparecido. La sociedad sigue estando dividida en líneas Azules y Verdes; y hay una posición “Verde” y una “Azul” para cualquier tema de interés político o cultural: Los Azules piden impuestos sobre los ingresos individuales mientras que los Verdes quieren impuestos sobre las transacciones comerciales; los Azules defienden leyes de matrimonio más estrictas mientras que los Verdes preferirían que fuera más fácil divorciarse; los Azules tienen la mayoría de sus apoyos en las ciudades, los Verdes en cambio tienden a vivir en las zonas más rurales; los Azules creen que la Tierra es una enorme esfera de piedra flotando en el centro del universo, los Verdes que es una enorme piedra plana que gira alrededor de otro objeto llamado Sol. No todos los Azules o Verdes defienden todas las posiciones de su bando en cada tema pero sería raro encontrar a un mercader de ciudad que creyera que el cielo es azul y defendiera impuestos individuales y leyes de matrimonio más liberales.

El subsuelo sigue polarizado; se mantiene una paz insegura. Algunos creen que los Azules y los Verdes deberían ser amigos y ahora no es raro ver a un Verde comprando en una tienda Azul o a un Azul visitando una taberna Verde. De una tregua nacida del cansancio, está creciendo un espíritu de tolerancia e incluso amistad.

Un día, un pequeño terremoto agita el Subsuelo. Un grupo de seis turistas se ve afectada por el temblor mientras visitaban las ruinas de una antigua población en las cavernas superiores. Sienten el movimiento de las rocas bajo sus pies y uno de ellos se cae y se hace daño en la rodilla. El grupo decide volver, temiendo futuros terremotos. En el camino de vuelta, uno de ellos nota algo raro en el aire, un olor que viene de un pasadizo que lleva mucho tiempo sin usarse. Ignorando los bien intencionados avisos de sus compañeros, esta persona pide una de las linternas y sube por el pasadizo. El pasillo de madera sube… y sube… hasta que al final termina en un agujero excavado hacia el exterior del mundo, donde toda la piedra termina. Una extensión infinita que se estira hasta donde alcanza la vista, espacio suficiente para albergar mil ciudades. Arriba, mucho más arriba de lo que nadie se puede imaginar, demasiado brillante para mirarlo directamente, una chispa increíblemente brillante ilumina hasta donde alcanza la vista, el filamento desnudo una enorme bombilla. En el aire, colgando sobre la nada, hay enormes copos de algodón. Y el vasto y brillante techo que se ve… es de color…

Ahora la historia se bifurca, dependiendo de cual de los miembros del grupo decidiera seguir el camino a la superficie.

Aditya, la Azul, se quedo de pie bajo el azul durante un instante que se hizo eterno y, lentamente, sonrió. No era una sonrisa agradable. Había odio y orgullo herido; recordaba cada discusión que había tenido con un Verde, cada rivalidad, cada ascenso disputado. “Tenías toda la razón,” le susurró el cielo, “y ahora puedes demostrarlo.” Durante un momento Aditya se quedo allí, absorbiendo el mensaje, regocijándose pensando en él y entonces, se dio la vuelta y entró por el pasadizo de piedra para decírselo al mundo. Mientras Aditya caminaba, apretó el puño. “La tregua,” dijo, “ha terminado.”

Barron, el Verde, miró sin comprender al caos de colores durante largos segundos. La comprensión, cuando llegó, le sentó como un puñetazo en la boca del estómago. Las lágrimas se formaron en sus ojos. Barron pensó en la masacre de Cathay, dónde un ejercito Azul había masacrado a todos los habitantes de una ciudad Verde, incluidos los niños; pensó en el antiguo general Azul, Annas Rell, que había declarado a los Verdes “un pozo de enfermedad, una plaga que debe ser erradicada”; pensó en las miradas de odio que había visto en los ojos de los Azules y algo dentro de él se rompió. “¿Cómo puedes estar de su lado?” gritó Barron al cielo, y entonces empezó a llorar; porque supo, de pie bajo el malévolo resplandor azul, que el universo siempre había sido un lugar para el mal.

Charles, el Azul, reflexionó sobre el techo azul, desconcertado. Siendo un profesor en una universidad mixta, Charles siempre había defendido que el punto de vista Azul y el Verde eran igualmente validos y los dos merecían tolerancia: El cielo era un constructor metafísico, y el cerúleo un color que podía verse de más de una forma. Durante un momento, Charles se preguntó si un Verde en su mismo lugar no vería un techo verde; o si al día siguiente a esta hora el techo sería verde. Pero no podía arriesgar la supervivencia de la civilización en eso. Era sólo un fenómeno natural de algún tipo, algo que no tenía nada que ver con la filosofía, la ética o la sociedad… pero que podía ser malinterpretado con mucha facilidad, temió Charles. Suspirando, se dio la vuelta y volvió al pasadizo. Mañana volvería solo para bloquearlo de nuevo.

Daria, antes Verde, intentó respirar entre las cenizas de su mundo. No me acobardaré, se dijo a si misma, no voy a mirar a otro lado. Había sido Verde toda su vida, y ahora debía ser Azul. Sus amigos, su familia, la abandonarían. Di la verdad, incluso si te tiembla la voz, le había dicho su padre; pero su padre estaba muerto y su madre nunca lo entendería. Daria contempló el cielo, quieta bajo su tranquila mirada azul, tratando de aceptarlo, y finalmente su respiración se calmó. Me equivoqué, se dijo a si misma tristemente, no es tan complicado. Encontraría nuevos amigos y, tal vez, su familia la perdonaría… o, se preguntó con esperanza, ¿vendría aquí algún día a pasar el mismo examen bajo el mismo cielo? “El cielo es azul,” probó Daria, y no le pasó nada terrible; pero no consiguió sonreír. Daria la Azul exhalo con tristeza y volvió al Subsuelo, preguntándose que diría.

Eddin, un Verde, miró al cielo azul y empezó a reírse cínicamente. El curso de la historia quedaba claro, incluso él no podía creerse lo tontos que habían sido. “Estúpidos,” dijo Eddin, “estúpidos, estúpidos, estaba aquí todo este tiempo.” El odio, los asesinatos, las guerras, y era solo una cosa en un sitio de la que alguien había escrito como se escribe de cualquier otra. Sin poesía, ni belleza, nada a lo que ninguna persona cuerda le daría importancia, solo una tontería que se había exagerado hasta el absurdo. Eddin, cansado, se apoyó contra la boca de la cueva intentando encontrar una forma de evitar que lo que había encontrado destruyera el mundo y preguntándose si no se lo merecían.

Ferris jadeó sin querer, congelado de la pura maravilla de lo que veía. Los ojos de Ferris se movían a toda velocidad, posándose sobre cada cosa antes de moverse a la siguiente; el cielo azul, las nubes blancas, el vasto y desconocido exterior, lleno de cosas (¿y gente?) que ningún habitante del Subsuelo había visto jamás. “Oh, así que es de ese color,” dijo Ferris, y continuó explorando.


1. Procopius, History of the Wars, ed. Henry B. Dewing, vol. 1 (Harvard University Press, 1914).

2. Edward Gibbon, The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, vol. 4 (J. & J. Harper, 1829).

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